LUGARES Y PERSONAJES

Al planear la página web, decidí que estaría bien añadir una sección de lugares y personajes destacados. Es algo que servirá tanto a los que no han leído la novela, permitiéndoles abrir boca, como a los que en algún momento se la lean, para conocer algún datillo más sobre este mundo. Por ahora, comenzaremos con entradas libres de spoilers, si bien es cierto que, en la actualidad, salvo a los testers, a los demás todo os pilla de nuevas, así que si queréis que la cosa siga así, siempre podéis no arriesgaros. Si creéis que un poco de información inocua, por el contrario, os ayudará a mantener viva la llama del hype, no seré yo quien os lo impida.

TENERIFE, EL PRINCIPIO DE TODO

Roque Cinchado, uno de las formaciones de los Roques de García, con el Teide al fondo. Parque nacional del Teide, Tenerife.

“Primero llegó la puesta de sol, encendiendo las cañadas del Teide con ardientes y vivos colores rojizos y anaranjados que transformaron su árido cromatismo. (…) Después, la noche extendió en la bóveda celeste su manto estrellado, tan prístino y rutilante que el sólo mirarlo provocaba una sensación de vértigo. (…) La mezquina luz nocturna, que ilumina el mundo de forma exigua, arrebatándole el color a las cosas, bañó la desolada meseta; convirtiéndola en un entorno místico e infinito. (…) Comparable toda ella al inmenso torso de un titán de hierro durmiente, o a la superficie oculta de una luna, la cara nocturna de la caldera le resultó, en retrospectiva y sin duda, el escenario perfecto para las batallas entre inmortales que acontecieron en ella en tiempos pretéritos y cuyo recuerdo guardaban celosamente aquellas rocas sumidas en el eterno silencio”.

Pues sí, Tenerife es uno de los lugares donde transcurrirá nuestra historia, concretamente el arco pasado (a menudo recordaré que a lo largo de la saga se intercalan dos tramas conectadas entre sí a las que separan ocho años de distancia. Para hacerlo más simple, hablaremos del arco pasado y del arco presente). Algunos de sus lugares más conocidos de la isla tendrán especial relevancia y supondrán el escenario del gran colofón de uno de los episodios. “¿Cómo? ¿Pero esto no iba de fantasía?” Bueno, parad el carro un momento. Sí, iba de fantasía. Pero nadie dijo que la Tierra no podía ser uno de los mundos de la Red de la que ya hemos hablado varias veces. De hecho, el propio David, nuestro joven perdido entre universos, es originario de la Tierra. ¿Será el único personaje que comparte orígenes con nosotros? Bueno, esa es harina de otro costal.

¿Qué podremos ver de esta isla? En gran medida, lugares turísticos y que podríais visitar si vais (o si tenéis la suerte de vivir) allí: desde parques botánicos con vegetación de lo más variopinta, playas de negra arena volcánica, pequeños puertecitos en medio de Puerto de la Cruz (ciudad situada al norte de la isla), pinares endémicos en los que perderse y, cómo no, enormes calderas con una geografía surrealista y marciana, a la sombra de un imponente volcán (ya llegaremos a eso enseguida). También habrá lugares más corrientes, como tabernas y casinos, y otros ficticios, como alguna que otra cueva… ¿Sorpresas? Todas y más.

Tras este pequeño resumen, tengo que volver a ponerme un poco autobiográfico y confesaros por qué escogí Tenerife como uno de los lugares en los que juguetear con mis personajes, habiendo tantos escenarios en mi novela de cosecha propia. No solo es que me encante la isla y la recuerde con muchísimo cariño.  Es que, tal y como reza el título de la entrada, Tenerife lo empezó todo. 

Recuerdo aquel viaje de fin de curso, cuando yo estaba en cuarto de la ESO. Vaya mierda. No, en serio, yo no pintaba nada allí. Llevaba solo ese curso en aquel instituto y no se había apuntado nadie de mi pequeño círculo de nuevos amigos. Yo era un inepto social y, en esa excursión, fui foco de las burlas de hasta quienes jugaron a aceptarme temporalmente en su grupo durante el viaje para cachondearse de mí. Cómo son las cosas. A pesar de todo, a pesar de lo poco que disfruté de la juerga que casi todos mis compañeros buscaban allí (el Unai de primero de carrera habría explotado mucho más aquellos días), hice uso de mi cualidad innata para encerrarme en mi mundo y descubrir a mi bola todo lo que pude de la isla. No fue mucho. Creo que estuvimos apenas cuatro días, en Semana Santa, con la isla medio vacía. Ni vimos el resto del archipiélago ni nada más allá de la zona norte de Tenerife. De hecho, sólo estuvimos en Puerto de la Cruz. Un desperdicio en toda regla. No porque la zona norte de Tenerife o la ciudad mencionada no fueran bonitas, ojo. Al contrario, ya os he dicho que yo volví enamorado de la isla. Pero me quedaron tantas cosas por ver…

Lo cierto es que salimos de Puerto de la Cruz en una única ocasión. A ver, si vas a Tenerife, hay un punto de visita obligado: las calderas del Teide. 

El extracto con el que se inicia la entrada trata de ser un homenaje a este parque volcánico, del que no os puedo decir nada que no diga mi novela o la página de turismo de la isla (así que ya sabéis). No sabría explicar qué me pasó la única vez que estuve allí: aquello fue un flechazo y jamás me he vuelto a enamorar de un lugar de esa forma (me he enamorado de otros lugares, pero de forma distinta).

 Muchos cantantes dicen que lo normal para ellos a la hora de componer es empezar con la letra, pero existen excepciones. Mikel Erentxun confesó en alguna parte (no me pidáis fuentes, de esto igual hace veinte años) que en alguna ocasión había llegado a tener en una tarde las suficientes melodías para llenar un disco, y que la letra había sido trabajo posterior. No recuerdo si había sido una cosa puntual o sistemática, pero tampoco importa. La cuestión es que, del mismo modo, una novela suele (y según muchos debe) empezar por una idea matriz, pasar por una elaboración de los personajes, continuar con una escaleta… Pues bien, mi detonante fue un lugar. Este lugar. En las calderas del Teide, entre los roques García (googlead un poco si queréis), paseando la vista por la planicie sur, me imaginé dos escenas. Una a pleno sol: una reunión clandestina de dos viejos conocidos que filosofaban melancólicos mientras contemplaban aquella misma escena mágica que yo estaba admirando. La segunda, una batalla de proporciones épicas en bajo la luz de la Luna.

No sé cómo sucedió todo después. Saqué fotos, me empapé de cada sitio al que fui y me dispuse a escribir un relato con escenas ubicadas en cada lugar que me había resultado especial. Por hacer guiños, hice un guiño hasta a la piscina de la azotea del hotel en el que me alojé. Y lo cierto es que ese proceso me tuvo tan entusiasmado que acabé en un par de meses. La adolescencia tiene esa magia. Quizás menos limitados por la técnica y el estilo, nos dejamos arrastrar mejor por ideas que nos apasionan. La escritura debería ser así siempre. Desgraciadamente, para muchos escritores (no para todos), la escritura se parece más a un parto: menos doloroso, mucho más largo e igualmente agonizante. Cuando nos sale escribir por las orejas, no falta técnica; cuando sabemos escribir, nos cuesta Dios y ayuda dejarnos llevar.

Con “El lazo del péndulo”, sin embargo, me pude permitir hacer trampa: rescaté un relato juvenil y me aproveché de ese entusiasmo, tomándoselo prestado a mi yo adolescente y combinándolo con la experiencia que me habían dado unos cuantos añitos más escribiendo. El proceso, os lo juro, fue una delicia. Y a veces se me escapa alguna lagrimilla cuando recuerdo que uno de mis testers más importantes, antiguo miembro del foro, me vino a decir algo como que a pesar de que había empezado a leer la novela con cierto escepticísmo, al acabarla había acabado confiando en que revivir y hacer llegar el mundo de Atomic y su espíritu a la gente a través de una novela era posible. Ese fue el momento en el que supe que había logrado algo.

Atomic fue la base; Tenerife, el escenario. Lo irónico es que, desde aquel viaje, hace más de quince años, no he vuelto a pisar la isla. En parte, por circunstancias de la vida. En parte, porque siempre me prometí hacerlo una vez la novela ya estuviera publicada, a modo de premio para mí mismo. Por suerte, dentro de poco estaré viendo de nuevo mis queridas cañadas.

Pero volvamos a hablar, antes de acabar, del Tenerife de la novela. ¿Qué podemos esperar de él? Bueno, Tenerife aparecía en el relato original que escribí de adolescente, en el arco pasado. Nuestra saga va a tener cinco episodios, tres en el arco pasado y dos en el presente, y el relato original es la base del episodio I. Dicho de otro modo, el episodio I es la adaptación de ese relato. Como ya os dije, los episodios no aparecen de forma ordenada. Sin embargo, si esto es así ¿estará este episodio en esta primera novela? La respuesta es “sí”. ¿Qué ocurrirá en él? Pues cosas de importancia capital. ¡Y momentos emblemáticos, os lo aseguro! Tenerife no es el núcleo de la saga, pero sí el corazón de ese episodio crucial. En el plazo de un día completo, desde el amanecer hasta la madrugada, varios de los personajes más importantes harán una visita a la isla buscando cosas bien distintas: algunos buscarán a alguien; otros, las respuestas a las preguntas que más temen. ¿El resultado? Una noche sobre la que los pocos rumores que sobrevivirán, los únicos lo bastante escurridizos para hacerlo, darán lugar a una auténtica leyenda.

LA GRAN BIBLIOTECA

Gran orbe «flotante» (aquí en una versión libre) de la sección de Historia y Geografía de la Gran Biblioteca, interpretación de Mikel Díaz.

“… En su interior, las estanterías de libros se elevan hasta un techo difuminado por la distancia que ni acertarías a ver en algunas secciones. Algunas de ellas contienen simplemente libros, pergaminos y demás soportes de escritura; pero otras ocultan tras ellas zonas vedadas, secretos que pocos conocen, e incluso puertas que conducen a otros… -dejó la frase en suspenso un par de segundos, para seleccionar la palabra apropiada-; lugares”.

Como decíamos en otro apartado, la Gran Biblioteca es al mismo tiempo uno de los mayores templos de conocimiento en la Red y uno de sus mayores misterios. Nadie sabe, entre otras cosas, desde cuándo existe: sus muros permanecen en pie desde antes de la propia fundación de la ciudad de Arquión, que creció precisamente a su alrededor (De hecho, la Gran Biblioteca se ha mantenido durante mucho tiempo como “territorio independiente”, sin tener que rendir cuentas al rey de la ciudad de las catedrales). Todas las crónicas hablan ya de ella como si hubiese estado allí desde siempre; algunos así lo consideran, de un modo literal. Hay relatos sobre cómo sus pasillos e incluso su apariencia cambian con el paso del tiempo por sí solos. De dónde proceden todos los códices y pergaminos que alberga, nadie (o tal vez casi nadie) sabe dar la respuesta. Simplemente aparecen, o bien siempre han estado ahí (esta última posibilidad es extraña y, en cierto modo, inquietante, pues en su interior se pueden encontrar hasta las obras más recientes de cualquier mundo).

Lo que sí se sabe a ciencia cierta de la Gran Biblioteca es que su magnitud no tiene igual. Su fachada imponente y en especial su pórtico descomunal no pasan desadvertidos a quien visita Arquión, destacando incluso entre la cantidad palacios excelsos que abarrotan la ciudad. Sin embargo, gracias a su magia arcana, es sabido que es inmensamente más grande por dentro que por fuera, lo que en parte explica las leyendas sobre secciones secretas, como aquellas que se les aparecen solo a quienes saben a ciencia cierta de su existencia. También se habla de personajes extraños que transitan entre sus estanterías, que vagan de un mundo a otro a través de los portales interdimensionales que la Gran Biblioteca esconde. Otros testimonios aseguran que ciertas secciones tienen tal altura que el final de sus estanterías no llega a verse por culpa de las nubes que se forman en su interior. Un rumor recurrente cuenta que, en algún lugar del ala este, existe una profunda sima llena de estanterías vacías, por la que habría que estar cayendo ininterrumpidamente durante nueve días con sus nueve noches para alcanzar el fondo. Allí se dice que llegan quienes están destinados a terminar sus días en la Gran Biblioteca. 

En cuanto a todas estas historias de tinte siniestro, hay que reconocer que los frecuentes casos de personas que acuden a consultar algún libro y se pierden durante días en el laberinto de estanterías no han ayudado a mitigarlas. Por lo general, sin embargo, en la Gran Biblioteca impera un ambiente mucho más amable y acogedor. Cabe destacar que está abierta a todo el mundo, si bien esta afirmación, como cualquiera, no está exenta de ciertas excepciones. A fin de cuentas, hablamos de un lugar que guarda sabiduría y poder casi ilimitados. Existen unos sellos mágicos capaces de ver los deseos más oscuros de quienes intentan atravesar sus puertas y de impedir la entrada a los sujetos considerados una amenaza. Además, existen también quienes se dedican a conservarla y custodiarla. Podríamos hablar ya de los guardianes, entre los cuales destaca su líder, Flopy. Sin embargo, prefiero reservarle a la novela el privilegio de desvelar la pintoresca naturaleza de estos seres. En lo más alto de la escala de mando, por otro lado, se encuentra la figura del sumo bibliotecario. De él hablaremos en una entrada específica. 

Nada más cruzar las grandes puertas de roble de la Gran Biblioteca, se accede a la sala de lectura común, flanqueada por estanterías entre las que nacen los primeros pasillos que se internan en un entramado laberíntico. Aquí los visitantes pueden consultar los volúmenes más comunes. Al fondo, justo antes del muro norte del edificio, coronado por un rosetón muy especial del que se hablará más en la novela, se encuentra el viejo y voluminoso escritorio del sumo bibliotecario.

Normalmente, es preciso un permiso especial o trabajar dentro de la Gran Biblioteca si se pretende acceder a otras zonas. Esto es así, de hecho, para controlar las desapariciones. En esencia, la Gran Biblioteca se divide en sus dos alas. El ala oeste está organizada por secciones: Mitología, Lenguas, Historia y Geografía (sección conocida por su gran orbe flotante), Ciencias Básicas, Magia… Aunque lleva horas recorrerla en línea recta hasta su final (tal vez días si no se conocen ciertos atajos), es, por así decirlo, la parte más conocida y menos indómita del edificio. Incluso algunos de sus visitantes, los más habituales o los afortunados que han sido invitados a ciertas celebraciones, han podido disfrutar de alguna tarde en los jardines del gran balcón situado en su extremo. Sobre este característico lugar y sus particularidades, que no son pocas, tendremos que hablar dentro de algún tiempo.

El ala oriental es otro cantar. Allí se trabaja sin descanso entre tomos sin orden, concierto ni fin, clasificándolos y transportándolos a las secciones de la otra mitad del edificio. La mayoría de leyendas de las que antes hablábamos se refieren a esta parte de la Gran Biblioteca, por ser la más misteriosa. En concreto, se suele decir de ella que nadie, salvo quizás algunos guardianes y el propio sumo bibliotecario, ha llegado a ver su final. Los más atrevidos afirman que tal final ni siquiera existe.

Hay otros lugares imperdibles dentro de la Gran Biblioteca: el mirador de poniente, sus torres, sus baños y escondrijos, una piscina que pudo ser una vez una bañera para dragones, la cocina de Flopy o el recóndito y atávico estudio en el que late con blanca pureza la luz que desprende una pluma muy especial… De algunos de estos sitios acabaremos escribiendo aquí alguna entrada, con el tiempo. Para conocer otros, tendréis que adentraros de lleno en “El lazo del Péndulo”.

IRANUR

Iranur en la Gran Biblioteca, por Mikel Díaz

«La orgullosa figura contemplaba en un silencio desafiante el avance atronador de la horda. Era tan negra que parecía absorber las pulsaciones de la noche»…

Si el entramado de intriga que encierra «El lazo del péndulo» fuera una vorágine, Iranur se hallaría en su centro mismo. Así se puede resumir la relevancia de este personaje que, no por nada, nació como avatar del escritor («Iranur» es un anagrama de «Unai» con un par de erres que el susodicho consideró eufónicas).

Sin duda es un individuo enigmático y taciturno, con un aura a menudo inquietante, especialmente si no se está familiarizado con ella. Desde su llegada a Arquión, un halo de secretismo rodeó su propósito allí. Dicho halo fue, para colmo, alimentado por el propio sumo bibliotecario, quien desde el principio pareció depositar en el recién llegado una confianza absoluta, algo que fue contemplado con recelo por no pocos en la ciudad e incluso dentro de la Gran Biblioteca.

Su pelo morado y sus iris ambarinos no resultan especialmente llamativos en la ciudad de las catedrales, pero suele disimularlos mediante distintos métodos cuando viaja por la Red, algo que sucede con bastante frecuencia desde que sirve a la Gran Biblioteca como su emisario. Además de esta función, extraoficialmente, realiza para Liam, durante algunos de sus viajes, ciertas tareas que este último considera de suma importancia…

Siempre viste con ropas oscuras, a veces con capa, a veces con gabardina. A él le gusta llamar «capardina» a su prenda mágica, aunque en el fondo reconoce que es un nombre tan absurdo como los que Maxwell pone a sus cachivaches. Normalmente lleva encima su reloj de bolsillo plateado (del que mucho se podría hablar) y va acompañado de su lobo Caronte.

Aunque siempre ha tenido un carácter taciturno, en algunas etapas de «El lazo del péndulo» su abatimiento es notable. Este estado de ánimo coincide en el tiempo con la aparición de unos accesos de tos recurrentes y violentos, los cuales tienden a remitir mejor cuando echa mano de un frasquito con un oscuro elixir preparado por Naoris. El principio curativo del elixir, así como el motivo de los desagradables ataques de Iranur, son uno de esos asuntos que quedan dentro del círculo reducido que forman quienes tienen un papel en la Gran Biblioteca. Incluso dentro de ese círculo, es casi un tema tabú.

Ah, por cierto. No le gusta nada que le llamen Iranur, así que no todos le conocen por ese nombre, que pocos se atreven a pronunciar en su presencia…

LIAM

«Chibi-retrato» de Líam, por Míkel Díaz

“Era como una contradicción en sí mismo. Su voz sonaba inocente y vivaz como la de un niño; pero a través de su mirada, al contemplarla con atención, parecían atisbarse los reflejos de eras remotas”.

Ya se ha dicho antes, pero no importa repetirse. La figura de Líam, como se conoce al sumo bibliotecario de manera informal, es casi tan enigmática como la propia Gran Biblioteca. De hecho, a pesar de ser uno de sus personajes más trascendentes, dentro de la novela tardaremos bastante en saber algo conciso sobre él y puede, de hecho, que nos llevemos alguna que otra sorpresa a la hora de hacerlo.

Por eso mismo, tampoco daremos aquí muchos detalles sobre él. De aspecto infantil y desenfadado, en sus ojos azules, sin embargo, se puede adivinar una sabiduría milenaria. Su imagen armoniza perfectamente con los contrastes de su personalidad, en ocasiones desenfadada, pueril y tan juguetona e informal como su flequillo rubio; en otras, por el contrario, insondable y hasta sombría. De lo que no cabe duda es de que, con su carisma, es capaz de conquistar a todo el mundo, a veces sin pretenderlo. 

Nadie recuerda que otra persona haya asumido el cargo de sumo bibliotecario antes que él; sin embargo, como sucede con todo lo relacionado con la Gran Biblioteca, hay rumores a la carta. Esto nos da indicios acerca su verdadera edad, aunque hay pocos que puedan presumir saber mucho más sobre este amigable y poderoso hechicero, a quien le suele preceder el suave siseo de su blanca túnica al arrastrarse sobre el suelo. Eniya, Zirzack, Lectyron, Maxwell o cierto recién llegado con quien parece compartir un misterioso vínculo del que nadie se atreve a hablar forman parte de ese selecto grupo, aunque quizás quien más podría decirnos sobre él es su guardián en jefe, Flopy. Desafortunadamente para nosotros, la lealtad de Flopy hacia su superior está fuera de toda duda, por lo que podemos ir olvidándonos de llamar a esa puerta para sonsacar información. Nosotros, por ahora, solo podemos añadir una cosa más sobre él: le encantan las pastas.